dimarts, 10 de desembre del 2013

Entre todos

Elvira Lindo. 
Los impulsos caritativos fueron engullidos hace tiempo por la acción solidaria. Se trató de un acto de justicia social. La palabra “caridad” en sí no tenía culpa, ni tan siquiera en su acepción de virtud teológica, dado que define el auxilio que una persona le presta a otra; pero las palabras se acaban definiendo por su uso, y la caridad tiene hoy la innegable connotación de ser un parche a los derechos humanos, nunca la solución a la desigualdad. Eso no quiere decir que la generosidad con el necesitado no sea admirable. Los españoles están dando en estos tiempos prueba de ello, incluso ha habido un aumento del dinero, según datos de la European Anti Poverty Network, que destina el ciudadano a fines sociales en la declaración de la renta.
La cuestión es que cualquier acto movido por la voluntad de ayudar a quien más lo necesita tendría que ser discreto, y quien airea su generosidad es el que espera adornarse con ella. Pero, sobre todo, hay que preservar la dignidad del necesitado, que aun estando en una situación lamentable jamás debería convertirse en carne de show televisivo. Eso es algo incontrolable en la televisión privada pero esperamos una actitud diferente de la pública. Muchos de ustedes saben de lo que hablo. El programa de creciente popularidad Entre todos, dedicado a convertir en lacrimógeno lo que es dramático y a hacer espectáculo de la caridad, es una muestra de cómo vulnerar las reglas de respeto hacia el necesitado (para colmo, a veces es un menor), ignorando la idea de justicia social para volver a aplaudir el impulso caritativo de la España de Ustedes son formidables. Con esto, repito, no critico los actos individuales de ayuda al otro. Si no fuera por ellos no sobreviviríamos. Pero los pobres tienen dignidad. Que se lo pregunten si no a quien más sabe de esto, los trabajadores sociales.
El País. 13 de noviembre de 2013

Otra manera


Rosa Montero.
Me admira que, tantos días después, sigamos pegados a la catarata de las páginas necrológicas de Mandela sin repulsión ni hastío, que es lo que se suele experimentar en este tipo de hemorrágicos ditirambos mortuorios. De Mandela, en cambio, nos interesa todo, desde los magníficos textos de Carlin hasta las imágenes de esa fiesta interminable que está siendo su despedida. La intensidad de nuestro interés nos da la medida de lo muy necesitados que todos estamos de creer en lo que Mandela representa: alguien a quien la adversidad no doblegó, a quien el odio no envenenó, a quien el poder no corrompió. Era un político que honró la política.
Corren malos tiempos para la democracia. Veo en todo el mundo una crisis en la credibilidad de este sistema, un creciente enojo ante sus abusos evidentes, ante su hipocresía y su cinismo. Nadie parece confiar en los políticos: la frase “todos son iguales” es el lema de moda. Y los únicos que parecen un poco menos iguales, justamente, son los que preconizan las hogueras purificadoras y la mano dura. Quiero decir que veo brotar por doquier la flor negra de la añoranza de la tiranía. Haber nacido en una dictadura me vacunó contra ello, pero el mundo está lleno de ignorantes que, escandalizados por las corruptelas democráticas, creen que los sistemas dictatoriales son más limpios sólo porque son infinitamente más opacos: no sólo la porquería y los abusos no trascienden, sino que además dan respuestas simples a los problemas complejos y luego se encargan de ocultar todo el daño que esa simplificación ha provocado. Yo sigo creyendo, en fin, que la democracia es el sistema menos malo, y que, con todas sus contradicciones, ha permitido mejorar notablemente la situación del mundo. Y también creo que no hay que rendirse y que hay otra manera de hacer política. Lo demostró Mandela.
El País. 10 diciembre 2013

dimecres, 27 de novembre del 2013

Las otras Valencias

Jordi Évole
AL CONTRATAQUE 
Jordi Évole. Periodista.

 En los últimos años he tenido la suerte de asistir en dos ocasiones a la fiesta que organizan los de la revista Cartelera Turia. Y las dos veces he tenido la misma sensación: me parecía increíble que esa gala se estuviese celebrando en la Comunidad Valenciana. Era como entrar en la Galia que el imperio establecido no había sabido conquistar ni con sus copas América, ni sus circuitos de F1, ni sus calatravas. Los de la Turia siempre me dicen lo mismo: «Évole, hay muchas Valencias, pero solo conocéis una».
Es una fiesta reivindicativa, protestona, ácrata, divertida, irreverente. Nunca se han olvidado de reconocer la lucha de colectivos de ciudadanos comprometidos con grandes causas. Fue en el 2008 cuando la Revista Turia premió a la Asociación de Víctimas del Metro de Valencia, cuando nosotros, los de Salvados, estábamos por otros menesteres. Y en la última edición no dudaron en premiar a los trabajadores en lucha de Canal 9.
Esas galas cuentan con la participación de Xavi Castillo, un cómico descomunal que no actúa, se desparrama, que ha dicho las cosas más bestias que yo he oído encima de un escenario. Castillo me recuerda al Rubianes más indomable. Ese Rubianes al que la caverna amargó la vida. La madre que los parió, que diría el Pepe. Bueno, él no sería tan fino.
Castillo está vetado en Canal 9 y en muchas poblaciones valencianas. La última vez, le dije que me encantaría verle un día presentando los informativos de la televisión autonómica valenciana. Y esta semana por un momento creí que mi sueño podía hacerse realidad.
La toma de la dirección de una cadena por parte de sus trabajadores me parece lo más romántico que ha pasado en el mundo mediático en los últimos tiempos. Ya sé que ha sido una acción desesperada y tardía. Pero me imagino la adrenalina de esa redacción, después de años de sangre de horchata. Y recuperar la simpatía de un público que había dado la espalda a tanta manipulación, que no sabría cómo definir, si grotesca o asquerosa. ¿Cómo nos hemos podido acostumbrar a tanta mierda sin hacer nada? Hasta su última directora ha declarado estos días: «Cuando me llamaron para dirigirla, la verdad es que no la veía nada. Hacía años que no me gustaba y en la mente tenía que había informaciones que no salían nunca» (El País, 8/11/2013).
Lo que ha pasado en Canal 9 nos tiene que servir de lección. En esta profesión, callarnos no sirve de nada. Aunque te calles, cuando vienen las vacas flacas te pegan la patada en el culo, y si te he visto no me acuerdo. Incluso si fuiste el más pelota de todos los pelotas. Si nos tienen que dar la patada que nos la den, pero no por habernos callado. Si acaso, que sea por haber hablado más de la cuenta. Al menos te irás a casa, pero descansado. Que es como lleva yéndose a casa hace muchos años Xavi Castillo. Aunque haga ya mucho tiempo que la tele de su país no le hace ni caso.
Lunes, 11 de noviembre del 2013

dimarts, 26 de novembre del 2013

343 asquerosos intelectuales


Ángeles Caso.
A las mujeres nos cuesta mucho comprender la atracción de ciertos hombres por las prostitutas. He dicho “ciertos”, aunque probablemente debería haber dicho “muchos”, tal y como parecen confirmar las cifras de ese negocio, por muy confusas que sean. (Antes de que alguien haga el consabido e inevitable comentario, ya lo hago yo misma: por supuesto que también hay mujeres que utilizan los servicios de prostitutos, pero su número es infinitamente menor que el de los varones).

Hace algunos años, las mujeres de mi generación creíamos que lo de la prostitución era cosa de otros tiempos. Con asombro y asco, hemos ido descubriendo sin embargo que entre los usuarios de los prostíbulos hay hombres de cualquier edad y aspecto físico. A veces he conseguido tirar de la lengua a algunos amigos para que me expliquen ese misterio. Y las respuestas que me han dado son tan simples, que no dudo de que sean verdad: quienes buscan prostitutas suelen hacerlo porque no quieren tener que molestarse en conquistar a una mujer –corriendo además el riesgo de que les dé la lata al día siguiente–, y a menudo también por sentirse durante un rato machos dominantes. El que paga, ya se sabe, manda.

He utilizado la palabra “asco” y la reitero: a las mujeres –y estoy segura de que también a muchos hombres– nos da náuseas la terrible sordidez que suele acompañar ese trabajo. Prostitutas voluntarias hay muy pocas. Para ellas habría que exigir legalidad plena, todos los derechos y deberes de cualquier otro trabajador. Pero los estudios más serios y los datos de los propios cuerpos de seguridad hablan de que entre un 80% y un 90% de las mujeres prostituidas en nuestro país y en los de nuestro entorno son extranjeras que han sido engañadas, cuando no directamente secuestradas. En el mejor de los casos, víctimas de la miseria a las que no les queda otro remedio más que acostarse con hombres para sobrevivir y sacar adelante a sus familias. Mujeres desgraciadísimas, que trabajan en condiciones muy semejantes a las de las esclavas, amenazadas, maltratadas, drogadas y expoliadas por las mafias y los chulos. Es inevitable preguntarse dónde dejan su conciencia esos hombres “decentes” que a veces terminan una noche de juerga o de negocios en la habitación sórdida de un bar de carretera, usando el cuerpo maltrecho de una hija de la pobreza y la desaprensión.

No sé cuál es la solución para el drama de todas esas mujeres. Quizá no, como a veces he pensado, la legalización. Pero tampoco, desde luego, la repugnante defensa que acaban de hacer 343 intelectuales (?) franceses. Indignados ante una proposición de ley que pretende castigar a los clientes de las prostitutas –una estrategia que en Suecia ha cosechado mucho éxito–, ese puñado de señores ha firmado un manifiesto que se titula 'Touche pas à ma pute' (deja en paz a mi puta). Gentes como el famoso escritor Frédéric Beigbeder, al que no pienso volver a leer, el humorista Basile de Koch, el periodista político Éric Zemmour, el actor Philippe Caubère, el dramaturgo Nicolas Bedos o el abogado Richard Malka. Hombres muy serios y sesudos, comprometidos con muchas causas nobles, que consideran sin embargo que una mujer víctima de la miseria, la violencia o la trata debe estar al servicio de sus caprichos. No saben el asco que me dan.
Magazine| 21/11/2013

divendres, 22 de novembre del 2013

Educar para civilizar



Educar para civilizar

Fernando Savater

Hace más o menos un año, con motivo de una desafortunada e insolidaria actuación del alcalde de Milán respecto a unos inmigrantes albaneses, Umberto Eco se preguntaba en un artículo qué puede hacerse como respuesta a tales comportamientos incivilizados. Desde luego, decía Eco, es superfluo recordarle al señor alcalde los principios de la dignidad humana y sus derechos, porque si no los conoce ya a sus años es difícil que vaya a aprenderlos de un día para otro. Lo único efectivo a medio y largo plazo es educar a los hijos de ese alcalde y a los de quienes le votaron para que sientan repugnancia racional ante la discriminación. Y también para que comprendan que la ciudadanía verdadera consiste en compartir derechos universales y no en sentirse parte de un pueblo o comunidad privilegiada, cerrada sobre sí misma y recelosa ante los desafortunados.
Este es el objetivo de dos campañas de las que quisiera darles breve noticia. La primera de ellas está promovida por una de las ONG más fiables que existen en la actualidad, Médicos del Mundo, y propone una tarea de sensibilización acerca del lenguaje que utilizamos corrientemente (y sobre todo, que utilizan los medos de comunicación) a propósito de los inmigrantes. Los destinatarios de esta campaña, según la sabia recomendación de Umberto Eco, son los colegiales de ESO y bachillerato.
La xenofobia es una actitud que no se contagia tanto por las ideas (en general, los xenófobos carecen de ellas) como por las palabras. Pensemos, por ejemplo en el uso descalificador que ciertos nacionalistas de nuestro país dan hoy al término “español” o -los más finos y, por tanto, más repugnantes- a su ridícula variante de “españolista”. No califican objetivamente nada, sino que expresan solamente una voluntad de excluir o rechazar a aquellos con quienes deben -subrayemos el deben, porque de ese deben no hay escape- seguir conviviendo. La campaña de Médicos del Mundo se refiere a los usos verbales discriminadores para referirse a los inmigrantes, muchos ya casi oficializados y manejados aún por personas que no se consideran en modo alguno xenófobas. El más característico es el de hablar de “inmigrantes ilegales”, o incluso sencillamente “ilegales”. ¿Cómo puede ser ilegal una persona? El principio básico de dignidad en que se basan los derechos humanos consiste en no juzgar nunca lo que las personas son, sino limitarse a valorarlas por lo que hacen. Puede ser ilegal o irregular una forma de inmigración, pero nunca la persona que la practica. Se empieza por hablar de gente “ilegal”, se pasa luego a calificar a esos mismos o a otros de “gente de dignidad cero” y se termina apoyando leyes de limpieza étnica o de exterminio higiénico de delincuentes.
La segunda campaña viene promovida por la UNICEF del País Vasco, y su objetivo es explicar a las niñas y niños el contenido de la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada en 1989 y ratificada ya por 191 países, entre ellos afortunadamente el nuestro. Da a conocer a los más jóvenes esos derechos -que enlazan desde su categoría de edad con los derechos humanos básicos- es el primer paso para hacerles entender que hay que respetar los derechos de todos los demás, así como también exigirlos cuando son violados donde fuere y solidarizarse con quienes sufren tales violaciones. Es importante subrayar desde el principio que tales derechos no son algo que se tiene de modo pasivo, sino un instrumento para participar en lo común y para responsabilizarse por lo que afecta a los semejantes. ¡Ojalá que esta iniciativa pedagógica tenga éxito precisamente en el País Vasco, donde tanto se necesita defender lo que nos une al distinto frente a quienes no pretenden más que oponer y disgregar!
(El País semanal, 3 de enero de 1999)

divendres, 8 de novembre del 2013

Pública, rigurosa y en valenciano

Pública, rigurosa y en valenciano

07.11.2013 Levante-EMV
Amparo García Vilaplana

Hace unos meses, en un off the record al que asistí, un dirigente económico valenciano alertaba de la pérdida de influencia en España. Créanme, este señor está lejos de identificarse con cualquier tipo de nacionalismo, pero lamentaba cómo todos los sectores económicos, bancarios, empresariales y políticos se doblegaban ante Madrid. Advertía de que la crisis estaba sirviendo de excusa para intensificar un centralismo que iba a llevar al traste a las autonomías. Un centralismo que, en nuestro caso, obviaba la sensibilidad de los valencianos y que nos perjudicaba enormemente como sociedad.
Este martes, 5 de noviembre de 2013, Alberto Fabra puso la puntilla a este proceso. Sació los deseos de su líder nacional, Mariano Rajoy, y sirvió de avanzadilla para el cierre futuro de televisiones autonómicas. Su decisión política supone un mazazo para la sociedad valenciana. Una mordaza a nuestra libertad de expresión, un quiebro a la higiene democrática.
No son sólo miles de familias a las que dejarán sin trabajo, que también. No es sólo una profesión que desde que empezó la crisis parece tocada de muerte, que también. Va más allá.
Veta la oportunidad de dar voz y vertebrar nuestra lengua, nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestra cultura, nuestras necesidades, nuestra sociedad. Y lo hace de una manera absolutamente impresentable, apelando a la demagogia, tratando de confundir a la ciudadanía y una vez más, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad política. Es intolerable que tras años de una gestión nefasta y una manía casi enfermiza por la manipulación de contenidos por parte de los diferentes gobiernos valencianos, ahora el jefe del Consell responsabilice sólo a una señora que no lleva ni un año en el cargo y a los trabajadores.
Los distintos inquilinos del Palau de Fuentehermosa han sido los principales responsables de lo que se había convertido Nou (antes Canal 9) y Ràdio Nou. Un ente audiovisual público y de calidad era posible. Pero se corrompió. Desde la Unió de Periodistes exigimos que se replantee la negociación, que se permita hacer una estructura viable y se apueste por la libertad informativa. En manos profesionales, sin injerencias políticas, es posible.
Pero con otras formas. No se entiende que Fabra hable de cerrar RTVV para poder mantener hospitales o colegios públicos, aunque aún no sabe exactamente cuánto dinero va a poder ahorrar. Resulta extraño que un Gobierno autonómico decida en sólo siete horas cerrar una televisión con 24 años de historia. La Administración valenciana ha hecho EREs en el Ivvsa, Palau de les Arts, Cacsa, FGV, Centro de Investigación Príncipe Felipe, Ciegsa o Vaersa antes que en Radiotelevisió Valenciana, pero sólo ha metido la pata en Vaersa y en la empresa pública del audiovisual valenciano. Un error que va a permitir a Fabra lucirse en Madrid, obviando el derecho de cinco millones de personas a recibir una información pública y rigurosa en valenciano.

Gato encerrado


Juan José Millás
Si lo vamos entendiendo bien, EEUU no nos espía a todos, sino a metatodos. De ahí que se hable de metadatos, en vez de hablar de datos. Del mismo modo que un metadato es un dato sobre otro dato, un metatodo es un todo sobre un todo. Significa que para comprender lo que nos pasa necesitamos ciertos conocimientos de lingüística. Dejémoslo aquí, que no está el día para este tipo de lucubraciones o metalucubraciones. El prefijo meta es la hostia. Vean, si no: metacrilato, metadona, metafísica, metalenguaje, metapsicología… Cuando creímos haber comprendido la física, llegó Ángel Gabilondo y desenfundó la metafísica. Y cuando nos habíamos hecho con la modernidad, se nos apareció la posmodernidad. La poshistoria, en cambio, surgió sin que hubiésemos agotado la historia.
El caso es que siempre se puede ir más allá. De eso trata el prefijo meta. Si hablamos de metalenguaje, nos referimos a algo que está más allá del lenguaje. En Madrid, después de Móstoles hay un pueblo al que llamamos Navalcarnero, cuando quizá deberíamos decirle Metamóstoles. Lo curioso es que el metadato no pretende ir más allá, sino más acá del dato. El metadato, por ejemplo, de un correo electrónico cualquiera no es su contenido (“mamá, no me esperes a comer”), sino la hora a la que fue enviado. Si el espía comprueba que el mensaje fue enviado antes de la cena, y no antes del almuerzo, como sugiere el texto, se dice: aquí hay metatexto. Significa que hay gato encerrado. Entonces introduce el dedo, o el metadedo, en el asunto y descubre un complot.
Quedamos, pues, en que el metadato es el más acá del dato. Así, para la CIA, lo importante de este artículo no es lo que importa, sino lo que metaimporta. ¿Y qué es lo que metaimporta? Ah, pues que lo averigüen, que para eso les pagan. Yo solo digo que, si le buscan las vueltas, encuentran algo.
El País. 8 de noviembre de 2013

dimarts, 29 d’octubre del 2013

Las pirañas caníbales

SIMPATÍA POR EL DÉBIL

Las pirañas caníbales

En su empresa estaban haciendo un ERE y como él, según él mismo se calificaba, era un “jefecillo” estaba advertido con tres días de antelación de quiénes eran los empleados a los que se iba a despedir, pero le habían prohibido decir nada al respecto. Uno de los que iba a ser despedido se acababa de meter en un crédito precisamente para comprar el coche que debería llevarle al trabajo que ya no tendría, un crédito que no podría sostener. Varios otros tenían más de cuarenta y cinco años y era difícil que encontraran otro empleo. La empresa no tenía pérdidas, en realidad iba mejor que nunca. Pero ¿quién quiere tener a ingenieros en plantilla que cobran tres mil euros si por ochocientos vas a encontrar a recién titulados que trabajen lo mismo o más? “Y sabiendo todo esto –le dije–, ¿puedes dormir de noche?”. “Bueno –me dijo–, a veces lo paso mal”. Pero no parecía pasarlo nada mal. Se estaba tomado un gin-tonic repantingando en un sillón de cuero y flirteando abiertamente conmigo. Llevaba una camisa de Desigual de doscientos euros.

Hablando con una periodista del corazón sobre la muerte de la niña mimada de la 'jet set', ella me dice que está casi convencida de que se trató de un suicidio. Yo creo recordar que en su día esta periodista fue de las que más atacaron a la 'socialite' y de las que dudaron que su testimonio sobre los malos tratos que sufrió en su matrimonio fuera cierto. “Pero –pregunto yo– tú sabías que él sí que le pegaba, ¿no?”. “Sí –me dice–, pero a mí me pagaban por crear polémica”. De nuevo la pregunta: “Y sabiendo todo esto, ¿puedes dormir de noche?”. “Es mi trabajo”, me responde tan tranquila. “La televisión es así y ella ya sabía a lo que estaba jugando”.

Yo tenía de jovencita un amigo medio loco al que se le ocurrió la feliz idea de tener pirañas en casa. Para alimentarlas tenía que comprar unos pececitos muy pequeños llamados guppies. Las pirañas pueden comer pienso, pero lo cierto es que se aburren: necesitan alimento vivo. Pues bien, las pirañas, a la hora de devorar al guppy, eran innecesariamente crueles: primero le arrancaban las aletas para que no se pudiera mover y podían dejar al pez vivo pero desangrándose, incapaz de moverse, un rato en el acuario, antes de decidirse por devorarlo. Mi amigo salió un día de marcha y tardó tres días en regresar (un tipo que tiene pirañas en casa no es, como imaginarán ustedes, persona de rutinas y costumbres muy estables). A la vuelta descubrió que varias pirañas se habían zampado a las otras a falta de guppies para comer.

Cuando pensamos en un psicópata, la primera idea que se nos viene a la cabeza es la de un asesino en serie. Pero en realidad un psicópata no es necesariamente un asesino. Es simplemente un individuo que no siente empatía hacia el dolor de otros, ni remordimiento si ha sido él quien lo ha infligido. Existe un enorme debate científico sobre si el psicópata nace o se hace. ¿Acaso la sociedad no recompensa en muchos terrenos al individuo que demuestre tener menos escrúpulos y no lo propone precisamente como modelo de triunfador? En una sociedad de predadores y presas como en la que vivimos, tenemos que recordar una cosa: Cuando las pirañas se coman a todos los guppies, van a empezar a devorarse unas a otras. Y no nos queda mucho para eso. Lo que no sé es si los guppies algún día podrán aprender a organizarse y defenderse.

Lucía Etxebarria - Magazine, 26 de octubre de 2013

dimarts, 22 d’octubre del 2013

A otra cosa - Juan José Millás

A otra cosa
La lástima, reconvertida en trámite burocrático, nos evita el papeleo, los timbres, las pólizas y el enfrentamiento con la verdad. Usted vaya a ese rincón y dese siete golpes en el pecho. Usted derrame cuatro lágrimas y usted laméntese de la hipocresía de que se conceda la nacionalidad a los cadáveres y se persiga a los supervivientes. Usted, Millás, describa todo este lío con cierto desgarro sintáctico. Señale la contradicción de que nos duelan los muertos cuando las leyes prohíben auxiliar a los náufragos. No olvide añadir que en su propio país está prohibido proporcionar cobijo a un simpapeles. Describa los Centros de Internamiento de Extranjeros, eso siempre funciona. No se corte en decir que sí, que, en efecto, son cárceles para personas que no han cometido delito alguno. Cargue ahí las tintas. Construimos cárceles para inocentes, manicomios para cuerdos, raquetas para mancos (si le apetece, haga una pirueta y hable de los aeropuertos sin aviones; si no, cambie de párrafo).
Personas como usted, Millás, colaboran a resolver el papeleo de la lástima a los contribuyentes poco experimentados. Nos recuerdan a esos pasajeros amables que, en el avión, ayudan al vecino de asiento a rellenar el formulario de aduanas. No se corte. Si le apetece decir que lo de Lampedusa ha sido un crimen a gran escala cometido por quienes levantaron la mano en el Congreso (o en los congresos), dígalo con todas las letras. Esto nos ayuda mucho, pues añade a la gestión de la lástima ese punto de indignación moral sin consecuencias que tanto bienestar produce en el votante. Y no se olvide de lanzar un puyazo al Frontex, el organismo europeo encargado de gestionar las fronteras exteriores de los países de la UE. Le agradecerán mucho la mención, nadie los conoce. Cierre de este modo el artículo, factúrelo, y a otra cosa, mariposa.
Juan José Millás, El País, 11 de octubre de 2013.

dijous, 17 d’octubre del 2013

Invictus

INVICTUS

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni llorado.
Ante las puñaladas del azar, 
si bien he sangrado jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante, la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.

Ya no importa cuan recto haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve a la espalda.
Soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley

diumenge, 13 d’octubre del 2013

Grandes borrascas de palabras

Antonio Muñoz Molina
Que el Gobierno español participe destacadamente en un congreso de la lengua española, y un congreso además que se dice dedicado en particular al libro, parece sobre todo un gesto de humor negro. Estos congresos, a juzgar por la muy limitada experiencia que tengo de alguno de ellos, son sobre todo ocasiones para que las oligarquías políticas de los países de habla hispana se entreguen a celebraciones de la belleza y la pujanza del español que alcanzan espesores selváticos de palabrería. No hay discurso en el que no se den cifras triunfales sobre el número de hablantes de nuestra lengua, en particular sobre su avance demográfico en los Estados Unidos. Y ni siquiera faltan los oradores que aluden piadosamente a los millones de fieles que rezan en español. Estuve en el congreso de Cartagena de Indias, en 2007, y los discursos se sucedían sobre nuestras cabezas tan implacablemente como borrascas atlánticas, cada uno más entusiasta y florido que el anterior, con esa tendencia a la proliferación verbal y a las oraciones subordinadas que parece ya congénita en un idioma maleado durante siglos por predicadores religiosos, leguleyos fulleros y demagogos civiles o castrenses.
Que yo sepa, no hay congresos de la lengua inglesa, por ejemplo, y jamás he escuchado a ningún político americano o británico glosar su variedad y riqueza ni felicitarse por el número de sus hablantes. En Francia sí que hay más propensión a celebrar la lengua francesa, y hasta a adoptar medidas políticas de eficacia dudosa para limitar el contagio del inglés. Pero es que en Francia, a diferencia de en España o de cualquier país de habla española, hay una conciencia muy clara del valor real de la lengua como fuente de prosperidad y como indicio de civilización.
Ahora parece mentira, pero hubo un tiempo, no hace mucho, en que estuvo de moda en nuestro país mirar a Francia un poco por encima del hombro, como un país que se había quedado antiguo, rancio, estancado. Mientras tanto nosotros nos modernizábamos aceleradamente, bien con la murga de la “movida”, que sigue mereciendo ponencias en los congresos universitarios más lánguidos del Medio Oeste, o bien con aquel dinamismo que en 2003, cuando la invasión de Irak, nos puso del lado de aquellas dos lumbreras, George W. Bush y Tony Blair, muy por delante de lo que Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Wolfowitz y otros héroes del belicismo civilizatorio y la desregulación financiera llamaban tan desdeñosamente “la vieja Europa”. Bastaba darse una vuelta por Francia, entrar a una librería, ver desde fuera la arquitectura de uno de esos lycées formidables, charlar en un aula con el profesor de literatura y con un grupo de alumnos, para comprobar la solidez de unas diferencias que cada día se van agrandando.
Con mayor o menor acierto, con éxito desigual, las élites políticas francesas actúan con la plena conciencia de que la salud del idioma es inseparable del estado de la educación y de la cultura, y forma parte del equipaje de la ciudadanía. Las élites, por llamarlas de algún modo, españolas, y una gran parte de las latinoamericanas, cultivan la retórica del español y al mismo tiempo hacen todo lo que pueden por perjudicarlo. Unas veces lo hacen a conciencia; otras por inercia o estupidez. En aquel congreso, cuando a mí también, qué remedio, me llegó el momento de dar un discurso, dije que el enemigo del español no era el inglés, sino la pobreza, y que la importancia de un idioma no se mide con cifras, porque todas las lenguas son iguales en su capacidad para nombrar y relatar el mundo, y porque lo que cuenta es el grado de bienestar, de educación, de creatividad y pluralismo político de quienes lo hablan. Que unos cincuenta millones de personas declaren el español como lengua natal en el último censo de los Estados Unidos puede llenar de orgullo a los nacionalistas de la lengua, en una época en la que proliferan nacionalistas de casi cualquier cosa. Lo que hará falta saber es cuál es el grado medio de bienestar de esos hablantes, cómo es el cine, la radio, la televisión que se dirigen a ellos, cuál es su índice de lectura de libros, qué calidad y qué difusión tienen los periódicos en los que se informan, cuántos llegan a la universidad, qué posición social se reconoce al idioma, cuál es su presencia y su visibilidad verdadera en la cultura y en el debate público del país.
Me temo que de esos datos no se hablará mucho en el congreso. Las élites latinoamericanas son tan aficionadas a la retórica del español como a la del indigenismo, pero su horizonte intelectual suele situarse en los shopping malls de Miami. En nuestro país, la ineptitud general y la negligencia de otras épocas ha dado paso, con este Gobierno, a una beligerancia vengativa. En el congreso de Panamá el príncipe y el ministro de Educación y Cultura y demás autoridades competirán entre sí a ver quién segrega más palabrería untuosa sobre el español. Pero desde hace años, metódicamente, con toda la saña del ignorante hacia el saber y todo el resentimiento casi genético de las clases dominantes españolas hacia la ilustración, el Gobierno central, y los Gobiernos regionales y Ayuntamientos que le son afines, parecen empeñados en debilitar y hasta eliminar cualquiera de las formas de creatividad y de conocimiento que se hacen en nuestro idioma. Han arruinado los teatros y los cines subiéndoles insensatamente los impuestos. Han castigado a los maestros y a los profesores de la enseñanza pública reduciéndoles los sueldos y obligándoles a dar clase en aulas superpobladas. Han destruido una gran parte del tejido de investigación científica que costó tanto levantar. Han ahogado a las revistas culturales eliminando suscripciones a las bibliotecas públicas, tan castigadas en sus presupuestos que muchas veces ya no pueden permitirse la compra de libros nuevos. Han seguido permitiendo la impunidad de la piratería, sumiéndonos más aún en un descrédito internacional que perjudica más aún la imagen ya penosa de nuestro país, y que además contribuye al enriquecimiento de esas compañías de telecomunicaciones que ofrecen luego puestos tan bien remunerados a los exministros. (En esto hay que reconocer que el mérito no les pertenece en exclusiva: la izquierda es tan culpable como la derecha de cultivar la demagogia de lo gratuito). Subvencionan el fútbol, las corridas de toros, las fiestas más brutales, los casinos, la fabricación y la venta de coches: pero no hacen nada por defender una industria del libro que es la más importante del mundo en español y por lo tanto crea riqueza y puestos de trabajo. En Francia la izquierda y la derecha se unen para poner límite a los abusos insolentes de Amazon y defender las librerías: en España, el presidente de la Comunidad de Madrid inaugura oficialmente el almacén de Amazon.
Quizás el ministro de Educación y Cultura aproveche su asistencia al congreso del español en Panamá para enorgullecerse del logro más sólido de su mandato: la declaración de la fiesta de los toros como bien de interés cultural. Es una vieja tradición de la carcundia española. Fernando VII ya cerró universidades y fundó escuelas de tauromaquia.

dimarts, 24 de setembre del 2013

La ciencia

La ciencia - Rosa Montero (El País, 24 de septiembre de 2013)

No se puede decir que España sea un país con vocación científica. Somos ricos en artistas plásticos y escritores, en artes temperamentales e imaginativas. Pero lo de cultivar rigurosamente el intelecto no se nos da bien: pensadores pocos, y científicos poquísimos. Y a los que hay, cantazo en la cabeza y al extranjero. En 2012 la fundación BBVA publicó un estudio sobre el conocimiento científico que comparaba a 11 países, 10 europeos, entre ellos España, y Estados Unidos. Quedamos los últimos, por supuesto. Un bochornoso 46% de los españoles no supieron nombrar a un solo científico. Vamos, es que no atinaron ni con Einstein. Nuestra sociedad arrastra un miedo cerril a la ciencia que es producto de la ignorancia. De hecho, durante años los intelectuales españoles han hecho gala de su acientifismo, como si fuera un orgullo no tener ni idea de lo que es la entropía. ¡Pero si hasta Unamuno soltó esa frase lamentable del “que inventen ellos”!
Pues bien, sobre esos polvos estamos preparando ahora los lodos de un desastre científico definitivo del que ya no podremos recuperarnos jamás. Hasta que empezó la crisis, nos creíamos una sociedad moderna y rica e incluso la ciencia empezaba a levantar un poquito la cabeza, aunque nuestro presupuesto en I+D seguía a años luz de la media europea. Pero, desde 2009, esa miseria presupuestaria se ha recortado un 40%. Más aún: el dinero que finalmente han recibido los científicos ¡ha sido menor que el presupuestado! La investigación en España está al borde de la quiebra más absoluta. Y todo esto ante cierta indiferencia general. O sea, no nos movilizamos por este tema como (con razón) por la sanidad pública. Y, sin embargo, perder esta oportunidad de tomar el tren de la ciencia hundirá nuestro futuro durante muchas décadas. Qué responsabilidad ante nuestros hijos.

dimecres, 11 de setembre del 2013

Café con leche

Elvira Lindo

El español es ese individuo que habla un mal inglés y que se ríe de otro que habla un mal inglés. Así podría resumirse nuestra sarcástica relación con los idiomas. Sarcasmo que se cura, en parte, cuando se vive fuera y se convive con compatriotas que luchan, como tú, por hacerse entender. Digo esto, ya saben, por la actuación de Botella, que ha centrado las burlas al suspenso que propinó el COI a la candidatura española. Lo nuestro es el humorismo, y más que analizar los factores que contribuyeron a la eliminación (cuando llevábamos días celebrando la victoria) nos hemos puesto a crear un hit musical, “Relaxing Café con Leche”, que lleva camino de convertirse en la canción del verano.
Pero más que el acento de Botella (he oído tantos como ese…) lo inaudito era la nadería del discurso; más que la pronunciación (he oído tantas…) sobrecogía la incontenible expresividad de una mujer que nunca se ha caracterizado por su simpatía. Botella siempre ha dado la impresión de ser una alcaldesa alérgica al pueblo. Lo que parece claro es que esas palabras transparentaban un mensaje nefasto: somos un país en crisis capaz de sustituir con alegría el dinero que nos falta, o de rectificar aunque tarde escándalos que han salpicado al mundo deportivo. No coló.
De cualquier forma, los que no nos habíamos puesto insensatamente a celebrar la victoria antes de ganar no sentimos tal decepción. En cambio, sí llevamos experimentando desde hace tiempo desesperación e impaciencia, porque Madrid necesita un estímulo para salir del abandono que padece: sucia, endeudada hasta las cejas y camino de que nos privaticen hasta la Cibeles. No se comprende por qué ese tipo de estímulo ha de ser siempre deportivo y no de otra naturaleza. El ayuntamiento de Madrid necesita con urgencia un gobierno a la altura de su gravedad. Ese sí que sería motivo de júbilo.


Aprenderé inglés

Espido Freire


O alemán. O chino. Resulta un misterio comprobar cómo la mayor parte de las personas menores de 40 años de este país han gastado años enteros estudiando inglés. Verbos irregulares. Phrasal verbs. Vocabulario. Pocos lo hablan; muchos menos lo hablan bien. Cuando un currículum indica que el nivel del sujeto es medio más vale no encontrarse en situación de comprobar cuál es su percepción de la medianía. Generaciones de filólogos ingleses hemos intentado descifrar el enigma de la sordera española para el inglés: pero lo cierto es que tampoco el nivel de inglés de los filólogos es como para quemar demasiada pólvora en celebraciones.
Los países nórdicos, con esa Finlandia que nos avergonzó en las evaluaciones europeas a la cabeza, hablan un inglés casi perfecto, con ciertas aspiraciones y guturalidades poco destacables. No doblan series ni películas en la televisión, pero el resto de los programas se emiten en correcto idioma nativo. Además, en España se escuchan tantas canciones en inglés que el efecto podría ser similar. Proceden las lenguas nórdicas y el inglés del mismo tronco común, pero curiosamente, no el finés, que es casi tan enigmático como el euskera. Lo mismo sucede con los habitantes de países del Este. Ellos no necesitan la inmersión, ni los cursos en el extranjero para hablar dos o tres idiomas. ¿Qué ocurre?
Falla el sistema pedagógico, como casi todo. Y falta algo esencial, que pocos métodos de aprendizaje tienen en cuenta: el uso del idioma por parte del hispanoparlante es casi siempre emocional. Por eso se olvida la fonética del italiano, o sus miles de verbos y se considera sencillo: es una lengua hermana en la intención.
El inglés resulta útil, como las ecuaciones, pero no se vive como un medio de expresión real. Ni tacos, ni dobles sentidos, ni diminutivos, ni abreviaturas, esenciales en el lenguaje cotidiano, pueden manejarse con rapidez en una nueva lengua. El estudiante se envara: privado de muletillas, es como si le cercenaran un brazo. Surge la vergüenza. No hablará, leerá como si se tratara de una fórmula. Y otro año más, su nivel se quedará en medio.