dimarts, 27 de juny del 2017

Cursilerías lingüísticas - Javier Marías

Tribuna:CENSURAS AL HABLA

Cursilerías lingüísticas

Una amable lectora dé Barcelona me escribió reprochándome un paréntesis de un artículo que publiqué en otro lugar. Aunque ya le contesté, quizá no sea superfluo dar aquí las mismas explicaciones y, de paso, intentar aclarar alguna que otra cosa que a mi modo de ver se presta últimamente a gran confusión o manipulación: Mi paréntesis decía así: el hombre contemporáneo... (y utilizo la palabra hombre en su acepción genérica, que no hay por qué abolir en favor de la cursilería feminista o más bien hembrista)...". Como puede, imaginarse, los reproches eran dos: ese empleo de la palabra hombre y el neologismo hembrista, que era entendido como alguna suerte de insulto.Empezaré por lo segundo y diré que no se trataba tanto de un insulto cuanto del intento de separación entre dos actitudes que habitualmente no se diferencian. Por una parte estaría el feminismo, movimiento, por el que tengo no sólo respeto, sino abierta admiración. A lo largo de mi vida me he sublevado ante los suficientes atropellos machistas para no desear otra cosa que su término, y aún me deja atónito que haya trabajos en los que una mujer percibe un sueldo más bajo que un hombre por llevar a cabo las mismas tareas. Sin duda hay mucho que lograr todavía en ese combate y celebraré cualquier conquista en favor de la igualdad social entre los sexos. Por. otra parte, estaría lo que llamo hembrismo, tan condenable como 61 machismo y equivalente a él: la actitud maniquea que no pretende igualdad, sino favoritismo (a menudo con trampas); el comportamiento partidista que, por ejemplo, ante una acusación de violación no querrá verdad ni justicia, sino la condena del hombre en todo caso, como si eso fuera un logro en sí mismo, independientemente de su inocencia o culpabilidad; el espíritu policial o inquisitorial que trata de imponer censuras al habla y a la opinión con pretextos y subterfugios machistas o sexistas.
Hace poco, el Instituto de la Mujer, ese organismo agudo o más bien picudo, anunció que piensa pedir a la Real Academia la supresión de las palabras así consideradas por su agudeza. El reproche de mi lectora estaba en la misma línea, y quisiera aclarar lo siguiente: la lengua no se cambia por decreto o porque lo desee un determinado grupo social, ni siquiera la cambia el diccionario, que se limita a registrar los términos que le parecen suficientemente instalados en el uso y habla de los ciudadanos; el habla es lo más libre que hay después del pensamiento, y es inadmisible que nadie intente coartarla o restringirla según sus gustos o su hipersensibilidad; es algo vivo y sin dueño, y con infinitas posibilidades, de las cuales cada hablante elige unas y rechaza otras, pero siempre sin tratar de imponer sus criterios o preferencias a otros. Uno puede abstenerse. de emplear tal o cual vocablo, pero no puede aspirar a que sea abolido por ello.
Por otra parte, la lengua es un instrumento útil, y como tal está lleno de convenciones que en sí mismas no presuponen necesariamente discriminación. En las lenguas romances como el castellano existen géneros, y quizá por eso pueden parecer más "sexistas" que otras en las que no los hay. No es así: el plural "los escritores" engloba también a las escritoras -es una mera convención de la lengua-, y me parece cursi la vigilancia que hoy lleva a tanta gente a decir "los escritores y las escritoras", "las niñas y los niños" (o a escribir, con fórmula bancaria y horrenda, "el lector /a"). En cuanto al uso genérico de hombre, es otra convención sin más, como lo es decir "el león vive en la selva", "el perro es el mejor amigo del hombre" o "los escoceses son tacaños". Me parecería de una mojigatería insufrible andar diciendo "el león y la leona viven en la selva", "el perro y la perra son los mejores amigo y amiga del hombre y de la mujer" o "los escoceses y las escocesas son tacaños y tacañas". También se dice "la tortuga", "la serpiente", "la foca" y "la araña" como genéricos, englobando a los machos de esas especies; se dice "el conejo" pero se dice "la liebre", y a nadie se le ocurre pensar que las liebres macho estén siendo excluidas o menospreciadas. Si se siguiera hasta el fin esta tendencia, habría que hablar siempre de "la tortuga y el tortugo", "el araflo y la araña", "la foca y el foco", una ridiculez. También llegaría el día en que los varones exigieran que se los llamara "personos" y "víctimos".
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Y ese día, en efecto, todos y todas habríamos sido víctimas y víctimos de la cursilería mencionada en mi criticado paréntesis.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de marzo de 1995

19 mujeres brillantes que no estaban en el canon occidental hasta ahora

 19 mujeres brillantes que no estaban en el canon occidental hasta ahora - E
A Javier Marías no le parece que Gloria Fuertes sea “una grandísima poeta”. Es una opinión tan respetable como otra cualquiera, por supuesto, pero el columnista de El País ha vuelto a levantar ampollas con su texto de este fin de semana al respecto. De su mensaje se
A Javier Marías no le parece que Gloria Fuertes sea “una grandísima poeta”. Es una opinión tan respetable como otra cualquiera, por supuesto, pero el columnista de El País ha vuelto a levantar ampollas con su texto de este fin de semana al respecto. De su mensaje se recogía no sólo una duda del valor literario de una de las autoras a las que más se está reivindicando últimamente en el panorama español, sino de las mismas dinámicas mediáticas que lo han provocado.
Marías parecía decir que, sea o no cierto que a se ha despreciado a las escritoras a lo largo de la historia (donde los hombres han dominado inmensamente el panorama sin que eso angustiase a los estamentos hasta hace poco más de un siglo), el hecho de que ahora se esté recuperando a “cualquier mujer oscura o recóndita” hace que se desvirtúen los estándares de calidad, que se sobredimensione a autoras que en realidad no merecen tanto la pena para perjuicio del Dios de las letras y, sobre todo, de los lectores.
El escritor se queja, en esencia, de que el sexismo inverso nos está colando a escritoras mediocres.
Como bien señalaba, hay muchísimas grandes escritoras en la historia (algunas de las cuales sí tuvieron que pelear para encontrar un justo reconocimiento a ese talento propio que sus coetáneos le negaban), muchas más de las que él ha citado en su pequeño texto. Pero nosotros no sólo defendemos que existan, sino que esta misma dinámica de apertura está causando una suerte de justicia y de riqueza literaria que, sin una conciencia de activismo feminista, muy probablemente nos hubiese dejado huérfanos de muchos referentes. Si la mayoría de nuestras bibliotecas está en un 85% compuesta de nombres en masculino, no puede hacernos ningún mal oír unos cuantos referentes del otro género.
Redactores del medio y amigos nos lanzan algunas recomendaciones ex profeso. Disfrutemos de la literatura y disfrutemos de lo que nos han contado las mujeres.

Lucía Berlin

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Por Antonio Ortiz:
Lucia Berlin ha sido mi gran flechazo literario del año con su "Manual para mujeres de la limpieza". La mayoría de críticas emparienta su obra con la de Carver, yo la leo más cerca de un Salter pasado por México y a cuyos personajes, maltratados, les queda poca vida para el amor. El caso es que Berlin también está siendo un antídoto a mi actitud contraria a las modas literarias. Si gracias a ellas o al revisionismo feminista de la historia de la literatura se rescatan obras como ésta ya habrá merecido la pena.

Elena Garro

Por Luna Miguel:
“La literatura de Garro debería ser considerada, en calidad y trascendencia, a la par de las dos obras maestras de Juan Rulfo”. Lo escribió Geney Beltrán Félix en el prólogo de los cuentos completos de Elena Garro, la narradora mexicana que fue madre del realismo mágico —con esa obra cruda llena de personajes femeninos fortísimos— pero que a ojos de muchos críticos, lectores y editores aún sigue siendo “la mujer de Octavio Paz”, la “musa de Bioy Casares”, la “inspiradora de Márquez” y la “admirada de Borges”. Ni mucho menos. Elena Garro no es de nadie. Elena Garro es Elena Garro.

Willa Cather
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Por Héctor G. Barnés:
Creo recordar que llegué a Mi Antonia, cosas de la vida, por la canción del mismo título de Emmylou Harris. Quizá también por la sonoridad del título, al verlo en la estantería de la biblioteca. Lo leí el mismo verano que a Kerouac, Dos Passos, Burroughs o Capote, y lo recuerdo especialmente por ser el opuesto a la mayoría de ellos, ruidosos y furiosos: este retrato de la mujer del Oeste vista a través de los ojos del hombre es cotidiana, comunitaria, levemente sexual, una obra plenamente moderna. Como un antecedente de Meek's Cutoff de Kelly Reichardt.

Belén Gopegui

Belen Gopegui
Por Pablo Muñoz:
¿Las razones? Aunque probablemente no pueda estar en la lista de Marías por cosas típicas de su proceder (falta de diálogo intergeneracional ¡sigue siendo abiertamente de izquierdas y no socialdemócrata!) y PERFIL, las razones por las que mola? Ha captado mejor que nadie las tensiones de la democracia (El padre de Blancanieves), ha hecho un tipo de novela muy europea y llena de detalles visuales y experimentales sin prescindir de argumento o personajes (Lo Real) y, básicamente, se ha resistido estoicamente al manierismo y a hacer siempre lo mismo (¿a qué se parece El comité de la noche?)
Y por Domingos en Chándal:
Por enseñarnos cómo nos atraviesa el poder y abrirnos los ojos acerca de los mundos posibles, por reclamar la bondad. Por ser peligrosa y dar vueltas a lo posible.

J. K. Rowling

Por Andrés P. Mohorte:
De forma arquetípica, la construcción del imaginario juvenil y adolescente de los chavales occidentales había quedado en manos de hombres. Stevenson, Twain, Carroll, Verne, etcétera. Y de repente llegó Rowling y se sacó de la manga la saga juvenil más espectacular, apasionante y brillante no sólo de su generación, sino de la historia de la literatura, y con un punto de suerte y de siglo XXI (viralidad mediante) la convirtió en un fenómeno de masas.
Hoy Potter y compañía son personajes construidos sobre bases tan atípicas (dentro de la normatividad) que han conquistado a niños y niñas de todo el mundo por igual, en una fiebre millonaria que ha colocado a Rowling inevitablemente dentro del "canon", por más que los puristas de turno la desprecien por su comercialización audiovisual y juguetera. No hay nada en aquel maravilloso cuarto libro de la saga que palidezca ante los Huckleberry Finn y las islas del tesoro de la vida. Y además hay dragones. Larga vida.

Luisa Carnés
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Por Clara Morales:
Se podría reivindicar a Luisa Carnés (1905-1964) solo por lo excepcional de que una obrera sin formación llegara a publicar con éxito en la España de los años treinta. Pero su mirada única hacia las mujeres trabajadoras como ella, su sensibilidad para las estampas cotidianas y su escritura nada convencional se bastan por sí mismas. Las editoriales Hoja de Lata y Renacimiento recuperan ahora su obra.

Safo

Por Eva Paris:
Quiero recomendar a la poetisa Safo, que destaca tanto en su obra más popular como en la más intimista, y que dio nombre con su ritmo peculiar a un metro nuevo: la estrofa sáfica.

Natalia Ginzburg

Ginzburg
Por Esther Miguel Trula:
No he leído a nadie que sepa plasmar mejor la belleza de lo ordinario que Natalia Ginzburg. Con su prosa, precisamente desde unas formas propias y únicas de la palabra escrita, consigue que nos traslademos sensorialmente al ámbito de las costumbres. De lo familiar. Su virtud expresiva es una angustia constante para el lector porque con recursos sencillos despierta nuestra humanidad, algo que nos afecta todavía más profundamente cuando en el relato aparecen los episodios de crueldad, de los que Ginzburg escribe muchas veces desde una suerte de recuerdos propios.

Hiromu Arakawa

Por Nacho Requena:
Hiromu Arakawa es una de las escritoras y creadoras de mangas más importantes de Japón. Su obra magna, FullMetal Alchemist, combina el toque más divertido y ameno con temas como la codicia, la crueldad del ser humano o la ambición, todo reflejado a través de sus antagonistas, los Siete pecados capitales.

Elena Ferrante

Por Repollo:
Las Novelas Napolitanas me enseñaron las palabras que siempre me faltaron para describir las complicaciones que surgen en las amistades entre mujeres, y me dio una mirilla hacia el futuro con la que entender que las complejidades no acaban y que la amistad no es algo estático. Además me avisó de todas las maravillosas Lilas que este mundo se está perdiendo, silenciadas, pobres, vapuleadas y acosadas.
Por Betina Serrano:
Pocas autoras han generado a su alrededor tanta curiosidad como lo ha hecho Elena Ferrante. No es para menos: su saga de historias napolitanas, traducida en España como Dos amigas, es una mano invisible que te remueve el corazón y las entrañas. No solo hace una radiografía fantástica de la relación entre dos mujeres desde la infancia hasta la vejez, sino que también la hace de Nápoles, de la violencia, de las tumultuosas relaciones que se dan en un barrio de clase obrera y de cómo las mujeres tienen que salir adelante, apoyarse y fortalecerse a pesar de los golpes y el yugo al que las someten los hombres de sus vidas. Pero hay algo más que hace que su figura sea tan enigmática: Elena Ferrante es un seudónimo de una mujer que ha conseguido vender en su tierra natal y en todas las tierras donde ha sido traducida. Y eso pica. Pica tanto que se ha asumido que su identidad es masculina. Pero lo siento mucho, carcamales. Elena Ferrante es brillante y es única. Y, además, es una de las nuestras.

Sarah Waters

Sarah Waters
Por Martín Cuesta:
Cuando todo el mundo celebraba que Park Chan-wook volviera a dirigir cine en Corea, yo festejaba que lo hiciera adaptando Fingersmith, la novela de Sarah Waters. La autora británica ha renovado la narrativa tradicional isleña, desde Dickens hasta Henry James, añadiendo nuevos ingredientes a recetas revenidas por el paso del tiempo: relatos fantasmales explicados desde la lógica de la lucha de clases, lesbianismo como elemento anexo a la novela social. Casi siempre con protagonismo femenino. Todo lo que ustedes buscaban, en estos tiempos de separaciones, para hacer un Brexit a la inversa.

Sarah Kane

Por Kaoru:
Sarah Kane es crudeza pura. Violencia, sexo, incluso momentos totalmente gore como en reventado, sus obras son una auténtica bofetada al estancamiento de lo políticamente correcto en teatro. Además se ahorcó con los cordones de sus zapatos en un psiquiátrico. Soy fan de las estrellas fugaces.

Angélica Liddell

Por Kaoru:
Angélica Liddell ha hecho algo parecido en España. Es un territorio dominado por el macho alfa, escribe con una voz propia y llena de poesía. Denuncia total. Y otra cruda como ella sola. Echadle un ojo a El año de Ricardo.

Mary Shelley

Por Javier Jiménez:
Mary Shelley soñó con Frankenstein un día verano de 1816, precisamente el año en no hubo verano. Se la puede considerar, a la vez, la primera novela de ciencia ficción y una de las mejores novelas de terror gótico del siglo XIX: pero si por algo debe pasar a la historia es por ser la novela moderna que mejor entiende el amor.
La literatura romántica es todo un catálogo de pasiones, amoríos y compromisos. Pero mientras tanto, Shelley retrata el amor no como algo ciego, sino como algo clarividente: porque solo en la intimidad del amor se ven cosas que permanecen ocultas; solo la mirada amorosa porque «hace a los hombres perspicaces» (como dijera Platón y tradujera su marido); solo a través de ella puede uno conocerse a sí mismo.
Y es que lo que hace que la creación del doctor Frankenstein sea un monstruo no es que esté hecho de trozos, ni que hubiera vuelto a la vida gracias al galvanismo: lo que lo hace un monstruo es precisamente que no haya nadie que quiera verse a sí mismo en su mirada.
Decía el propio Marías en el Corazón tan blanco que "el matrimonio es una institución narrativa" porque "estar junto a alguien consiste en buena medida en pensar en voz alta, esto es, en pensarlo todo dos veces en lugar de una, una con el pensamiento y otra con el relato". Ningún libro como el de Shelly retrata la angustia de no poder pensarse de esa manera.

Alejandra Pizarnik (+81)
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Por Javi Sánchez:
Allá por 2003, cuando Javier Marías todavía no se había reducido a la autocaricatura, se editaron en España los Diarios de Alejandra Pizarnik, poetisa argentina a la que no hacía falta reivindicar. Pasó un poco entonces lo que hoy con Gloria Fuertes: los blogs, el tuiter de entonces, se avivaron un tanto, poco, con el incendio bellísimo e incontrolado que era la palabra de Pizarnik. Pero claro, era ella extranjera y ausente y no tenía un lugar predefinido en el Canon de los Señores, esa biblioteca con forma de y olor a cojones sudados. Pizarnik no había sido poetisa de los niños, ni Marías tenía por qué atacarla -estaba ocupado, entonces, escribiendo columnas sobre lo mucho que le molestaban las manifestaciones incluso dentro de su casa. Y los niños, y las procesiones, y todo lo que fuese La Gente, como tardamos años en descubrir-. Su canon, ya hemos visto, es tan limitado como su desprecio: todo lo que no le suena o no ocupó su infancia no merece un lugar en esos cojoncitos inamovibles (aquí, por cojones, para esas criaturas horribles llamadas niños, Christie y Blyton; aquí, en esa extravagancia cojonera que es considerar la poesía en femenino, Sexton y Dickinson; aquí, en el desprecio por cojones, todo lo que sea tocar posmórtem lo que ya asignaron insignes pelvis previlegiadas).
A Marías le recomendaría leer 'Poesía soy yo', una antología de Raquel Lanseros y Ana Merino donde se reivindica a 82 poetisas en lengua castellana, cualquiera de ellas candidata a una columna de Marías o de cualquier otro de esos señores que, como decía Antonio Lucas en El Mundo, demuestran que la historia de la modernidad está escrita desde el escroto. Allí están Pizarnik y Gloria Fuertes, Idea Vilariño y Blanca Mistral, y así hasta ochenta y dos nombres insignes que a Marías no le caben en las ingles. Pero recomendárselo a Marías haría 'Más daño que beneficio'. Mejor que las lean quiénes sepan apreciar la literatura, y no los que pretenden hacerla de menos por cojones.

Aliette de Bodard

Por César Viteri:
Hay personas que piensan que la ciencia ficción no puede dar de sí más que una sucesión interminable de clones de Tropas del espacio, y desde luego, si por algunos aficionados y autores fuera, así sería. Aliette de Bodard, en cambio, nos regala ucronías bien trabadas, en las que las culturas china, azteca y vietnamita del futuro lejano han colonizado el espacio de muchas maneras. Nos cuenta relatos noir, cuentos atemporales de emigración, relaciones familiares y sentimiento de pérdida combinados con intrigantes visiones de una humanidad que se resiste a dejar de serlo. ¿De verdad queréis otra novela más de marines espaciales?

Rebecca Solnit

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Por Laura Gómez
En estos tiempos maravillosos en los que la concienciación sobre el machismo y sus profundas raíces es una lucha diaria a la que estamos dispuestas a enfrentarnos, y cada vez con más apoyos, la periodista y ensayista Rebecca Solnit es una de mis plumas favoritas. Ligera y brillante, ha narrado la crisis del urbanismo en América; ha contado la historia del capitalismo moderno a través de cinco desastres naturales; ha hablado sobre el acto de caminar como resistencia, como liberación y como experiencia estética; y ha escrito uno de los ensayos más importantes para el feminismo de los últimos años. “Los hombres me explican cosas” enumera, en clave de humor, diferentes situaciones cotidianas en las que se dejan ver las jerarquías de poder y la desigualdad de la mujer frente a los señores que lo saben todo se convierte en el común denominador de nuestras relaciones sociales. El problema de fondo es mucho más grave y resulta familiar en la narrativa cuñada de Marías: silenciar a las mujeres que tienen algo que decir. Rebecca Solnit, Roxane Gay o Yrsa Daley-Ward harían revolverse al columnista de El País si pudiera ver más allá del carajillo de las nueve. Una señal clara de que lo están haciendo bien.

Ama Ata Aidoo

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Por Jónatan Sark
¿Les suena este nombre? Los defensores de la idea de que conocemos los nombres y obras de grandes autoras porque son grandes y que "ninguna “conspiración” de varones ha estado interesada en ningunear" a esas personas pues de lo contrario se las habría olvidado, tienden a dejar de lado en sus loas al brillo del esfuerzo y el talento que no solo en su época tuvieron que luchas por un puesto sino que muchas más personas han tenido que seguir manteniendo vivo su nombre. En algún momento, confío, veremos publicado en España "How to Suppress Women's Writing" de Joanna Russ. Mientras tanto podemos ir recordando nombres como los de Taeko Kōno, Estrella Alfon o este mismo de Ama Ata Aidoo.
No solo la ghanesa es una de las grandes novelistas africanas, con un discurso muy marcado de intención postcolonialista que ubica a la mujer y su problemática en el centro de la narración y el discurso, además es autora de teatro y poetisa. Tan completa que podemos decir con facilidad que es una de las grandes autores de África. El problema es que si ya está costando que se conozca a los hombres; que con una extensísima carrera por fin parezca que el nombre de Ngũgĩ wa Thiong'o comienza a ser conocido en España pese a llevar más de veinte años publicando en distintas editoriales, Alfaguara incluida; lograrlo con autores que se salen incluso más de la norma es un auténtico triunfo.
Ama Ata Aidoo merece ser conocida y recomendada, su único libro editado en España en la arriesgada y necesaria edición de Casa África debería gozar de más popularidad. Pero si no hay un movimiento de reivindicación, no hay gente promoviéndola y buscando una manera de hacerla más accesible... seguirá siendo para la gran mayoría un nombre igual de desconocido que en estos momentos. Y aún habrá quien diga que es por la calidad de ella y no por los privilegios de él.

Shirley Jackson

Por John Tones:
Shirley Jackson es una de las voces más personales de la literatura fantástica del siglo XX. Dos de las firmas más influyentes del género, dos clásicos como Stephen King y Richard Matheson reconocieron una deuda absoluta con sus tramas y recursos narrativos (y aunque no lo hubieran hecho: es evidente). Su 'La maldición de Hill House' es esencial para entender la literatura moderna de casas encantadas, y es la novela más importante sobre el tema después de las aportaciones de Henry James. Y su cuento 'La lotería' marcó a una generación de estadounidenses con su estilo frío y críptico: hoy es estudiado con la misma veneración que los clásicos de Poe. Su cima, sin embargo, es 'Siempre hemos vivido en el castillo', una historia desconcertante y enigmática que representa la cima de su estilo: fría, desapasionada, llena de significados e innegablemente femenina.

Zenobia Camprubí

Zenobia Camprubi Recortada
Por Chococriskis:
A pesar de ser consciente de que son muchas las mujeres escritoras a reivindicar que tienen en su haber una obra maravillosa, me he decantado por hablar brevemente sobre una figura que ilustra a la perfección lo que ocurre cuando una voz —y con ella, un espíritu— es ahogada hasta el punto en el que todo lo que queda de ella es un lamento quedo, silencioso, que encuentra su espacio solamente a primera hora de la mañana, los únicos instantes que Zenobia Camprubí podía dedicar a sí misma.
No es ningún secreto que Juan Ramón Jiménez, a pesar de ser un poeta maravilloso, era un hombre enfermo con una personalidad asfixiante. Tampoco es extraña para nadie la idea general de la adoración que sentía por su esposa, a la que insistió para que le diera el sí hasta el punto de ir tras ella hasta Nueva York.
Pero antes de Juan Ramón, existió una Zenobia culta (era, al fin y al cabo, una niña bien que había recibido una exquisita educación liberal anglosajona), apasionada por las artes y la escritura. De hecho, llegó a publicar numerosas traducciones, así como artículos y cuentos de una notable calidad.
Como todo en su vida, lo que más se recuerda de su obra son los Diarios (editados en 2006 por Alianza Editorial) en los que relata los años junto a Juan Ramón, obra que supone un primer plano al rostro de una mujer que se descompone sin mudar el gesto. Zenobia escribe todas las mañanas, silenciosamente, para no molestar a su marido. No porque él se lo prohíba, sino porque una vez él despierto, Zenobia comenzará a orbitar alrededor de la enfermedad y las necesidades de Juan Ramón, al que ama profundamente (y al que, en mi opinión personal, también odia).
Esta relación tan malsana genera una atmósfera asfixiante en sus diarios que se manifiesta en pasajes tan lapidarios como “Necesito escapar un poco de la depresión de J.R. para sostener mi propio ánimo en un punto que sirva para levantarlo a él”.
No obstante, quisiera terminar hablando de Zenobia, la persona antes de “la Zenobia de Juan Ramón”. La mujer luminosa y con talento que escribía así sobre los cuadros de Sorolla:
The white hot sunlight that seemed to radiate from every canvas as it filtered through flickered leaves, flashed back from tumbling waves or gleamed upon scudding sails and dashing spray […] And Sorolla, in painting all this splendid opulence of light and air and swift joyous movement, was merely expressing in his own way the things he had seen around him […] He has left it to other painters to portray the gloomy and tragic side of life in Spain, but lest we should forget that there is also sunshine and laughter there.

Más daño que beneficio - Javier Marías

La zona fantasma

Javier Marías

3 min.

Más daño que beneficio

Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio.
Domingo 25 de Junio de 2017
Javier Marías
SI MUCHA gente desconfía del cine español no es por la persecución que el PP y sus Gobiernos desataron contra él en venganza por las críticas y protestas de la mayoría de los miembros del gremio ante la indecente Guerra de Irak apoyada por Aznar, Rajoy y sus huestes en 2003. Los políticos, y en particular los de ese partido, carecen de crédito respecto a sus juicios artísticos. Por desgracia influyen en demasiadas cosas, pero no, por suerte, en lo que sus compatriotas leen o van a ver. La razón principal para esa desconfianza es que durante muchos años los críticos cinematográficos y la prensa decidieron que había que promover el cine nacional, hasta el punto de que casi todas las películas españolas que se estrenaban eran invariablemente “obras maestras”, “necesarias” (el adjetivo más ridículo imaginable) o (cómo detesto ese tipo de expresiones) “puñetazos en el estómago del espectador”. Hay muchas personas ingenuas y de buena fe. Acudían obedientemente a ver los “portentos” y cómo “se incendiaba la pantalla”, al decir de esos críticos paternalistas, y frecuentemente —no siempre, claro está— se encontraban con bodrios y mediocridades y pantallas llenas de pavesas. Ningún puñetazo, sino más bien tedio o irritación.
me lleva a desconfiar de las reivindicaciones y redescubrimientos feministas de hoy, que acabarán por hacerle más daño que beneficio al arte hecho por mujeres
A veces no hay nada tan dañino para una profesión, un colectivo o un sexo entero que sus defensores a ultranza, y me temo que un daño parecido al que se infligió hace décadas al cine español está a punto de infligírsele al arte hecho por mujeres. En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto. Y claro, no siempre es así, porque no lo puede ser. Como no puede serlo cuanto hagan los catalanes, vascos o extremeños, o los zurdos o los gordos o los discapacitados. O los negros estadounidenses, ni aún menos los blancos, que son más. Todos sabemos de las injusticias históricas cometidas contra las mujeres. Hoy lamentamos que durante siglos no se las dejara ni siquiera estudiar, ni ejercer más oficios que los manuales. Que se las confinara al hogar y a la maternidad, sometidas a la voluntad de padres y maridos. Es sin duda el principal motivo por el que a lo largo de esos siglos ha habido pocas pintoras, compositoras, arquitectas, científicas, cineastas y escritoras (más de estas últimas, a menudo camufladas bajo pseudónimos masculinos). Las que hubo tienen enorme mérito, por luchar contra las circunstancias y las convenciones de sus épocas. Gran mérito, sí, pero eso no las convierte a todas en artistas de primera fila, que es lo que esa corriente actual pretende que sean. Es más, sostiene esa corriente que todas esas artistas geniales fueron deliberadamente silenciadas por la “conspiración patriarcal”. No se les reconoció el talento por pura misoginia. Se quejan, por ejemplo, de que a Monteverdi se lo tenga por un genio y en cambio no a Francesca Caccini. No sé, yo soy aficionadísimo a la música, pero el único Caccini que me suena es Guido, un pigmeo al lado de Monteverdi. Así, cada vez que se descubre o redescubre a alguna pionera de algún arte, pasa a ser al instante una estrella del firmamento, a la altura de los mejores, sólo que eclipsada tozudamente por los opresores del otro sexo.
En contra de esa supuesta y maligna “conspiración”, tenemos el pleno reconocimiento (desde hace ya mucho) de las artistas en verdad valiosas: por ceñirnos a las letras, Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot, Gaskell, Staël, Sévigné, Dickinson, Dinesen, Rebecca West, Vernon Lee, Jean Rhys, Flannery O’Connor, Janet Lewis, Ajmátova, Arendt, Penelope Fitzgerald, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, en el plano del entretenimiento Agatha Christie y la Baronesa Orczy, Crompton y Blyton y centenares más; en España Pardo Bazán, Rosalía, Chacel, Laforet, Fortún, Rodoreda y tantas más. En realidad son legión las mujeres llenas de inteligencia y talento, a las cuales ninguna “conspiración” de varones ha estado interesada en ningunear. ¿Por qué, si nos proporcionan tanto saber y placer como los mejores hombres? Lo que no es cierto, lo siento, es que cualquier mujer oscura o recóndita sea por fuerza genial, como se pretende ahora. Las decepciones pueden ser y son mayúsculas, tanto como las de los espectadores al asomarse a la enésima “obra maestra” del cine patrio. También la gente bienintencionada se cansa de que le tomen el pelo, y acaba por desertar y recelar. Hoy, con ocasión de su centenario, sufrimos una campaña orquestada según la cual Gloria Fuertes era una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio. Quizá yo sea el equivocado (a lo largo de mi ya larga vida), pero francamente, me resulta imposible suscribir tal mandato. Es más, es la clase de mandato que indefectiblemente me lleva a desconfiar de las reivindicaciones y redescubrimientos feministas de hoy, que acabarán por hacerle más daño que beneficio al arte hecho por mujeres. Lean, por caridad, a las que he enumerado antes: con ellas, yo creo, no hay temor a la decepción.

dijous, 14 d’abril del 2016

No se si açò ho llegirà algú però me vaig enrecordar d'aquest blog i m'apetía ficar algo. Ahí va:

Una palabra no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
igual que el viento esconde el agua
como las flores que esconden lodo.

Una mirada no dice nada
y al mismo tiempo lo dice todo
como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algun tesoro.

Una verdad no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
como una hoguera que no se apaga
como una piedra que nace polvo.

Si un dia me faltas no sere nada
y al mismo tiempo lo sere todo
porque en tus ojos estan mis alas
y esta la orilla donde me ahogo.

Porque en tus ojos estan mis alas
y esta la orilla donde me ahogo.

diumenge, 19 de gener del 2014

Derechazo de Nadal con la izquierda

Álex Grijelmo
El pie de foto dice que en la imagen se ve un derechazo de Nadal, pero el lector aprecia claramente que golpea la bola con la izquierda. Y los distintos comentaristas de las cadenas que transmiten sus partidos hablan también de los golpes de derecha pese a que se trate de un zurdo.
El lenguaje que aprendimos en la época del gran Manuel Santana a la raqueta y el gran Juan José Castillo al micrófono (“entró, entró”) llamaba a ese golpe drive, tanto para el zurdo como para el diestro. Esta palabra había llegado al tenis desde el inglés (drive stroke, golpe directo), y —con la misma indistinción de mano— se tradujo aquí años más tarde como “derechazo”. El lenguaje del fútbol diferencia entre un derechazo y un zurdazo, pero no el léxico del tenis. En este deporte, quien no esté viendo la pantalla, quien lea las crónicas o escuche la narración por la radio puede pensar que todos los jugadores son diestros.
El vocabulario de la tauromaquia ofrece para este caso algunas analogías dignas de considerarse, porque el torero utiliza un instrumento que maneja de manera similar al del tenista: la muleta. El revés con la raqueta equivale al pase de pecho, llamado de tal forma porque empieza con los brazos abajo y termina con la mano y la muleta a la altura de esa parte del cuerpo. Tanto en el pase de pecho como en el revés se ofrece, al toro y a la pelota, la parte exterior del antebrazo. Y tanto el derechazo como el pase con la izquierda se pueden trasladar al tenis con una misma expresión: un “natural”, pues el derechazo del torero y el izquierdazo de un tenista zurdo son acciones naturales: que suceden conforme a la propiedad y naturaleza de las cosas.
Una cosa es lo que permita la lengua y otra el empleo que cada cual decida hacer de ella
Actualmente se considera que el pase natural de la tauromaquia se ejecuta con la izquierda, ya que se toma como propio de la naturaleza general humana sujetar la espada con la derecha y la muleta con la zurda. Pero no siempre fue así: hasta bien entrado el siglo XX, muchos cronistas describirían unos soberbios “pases naturales con la mano derecha” (Abc, 31 de agosto de 1925, por ejemplo). Y la primera acción de un zurdo que se estrene en el tenis consistirá sin duda en golpear la pelota de la forma más natural para él: con la izquierda, y con la parte anterior del antebrazo mostrada hacia delante, lo mismo que un diestro daría su golpe más natural con el brazo derecho en la misma posición. Por todo ello, el drive puede denominarse “golpe natural” (natural stroke, oferta barata para anglohablantes) y, con el tiempo, “un natural” (“un natural de Djokovic supera a Federer”). Y tal uso para los tenistas zurdos y diestros haría fáciles las comparaciones: “Nadal tiene mejores golpes naturales que Gasquet, quien sin embargo le supera en el revés”; lo cual no impediría usar “derechazo” y “zurdazo” según conviniera.
Ahora bien, una cosa es el sistema de la lengua, que permitiría esa fórmula, y otra el empleo que cada cual decida hacer de ella. Quizás a muchos eso del “natural” les suene poco natural, paradójicamente; pero se les podría replicar que más raro será el derechazo de un zurdo.
Tal uso de “derechazo” forma parte, no obstante, de una paulatina traducción de términos que en la época de Juan José Castillo algunos creían intraducibles: lob se dice ya “globo”; smash se convirtió en “mate”; match ball equivale a “bola de partido”, el passing shot se describe como golpe “paralelo” o “cruzado”, según su trayectoria (y en todo caso un “golpe pasante”); el deuce se suele presentar como “iguales a 40”, el game es sin duda ya un “juego”…
Los comentaristas suelen imitar en un principio el léxico de los deportistas y de su entorno. Pero el genio del idioma lo adapta todo cuando esa actividad se populariza. Entonces los complejos iniciales ante el inglés se desvanecen y ya no hace falta distinguirse con palabras selectivas. En este camino, aún se resisten algunos términos del tenis, como set (“manga” avanza poco a poco), ace (o “saque ganador”) y tie-break (“desempate”). Mientras este proceso no se complete, Nadal golpeará de derecha con la izquierda. No pasa nada. Lo importante es que la bolita entre.
Álex Grijelmo. El País, 19 de enero de 2014

El ejemplo de Mandela

Tzvetan Todorov
Los trabajos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación hechos en Sudáfrica suscitaron un coro de opiniones favorables e incluso muestras de admiración en los países occidentales. Sin embargo, ninguno de esos Gobiernos ha tratado de modificar su propio sistema judicial para mezclar una dosis de justicia restaurativa, el principio que reivindicaba la Comisión, con la justicia punitiva que constituye la base de su sistema legal. La muerte de Mandela ha desencadenado una avalancha de homenajes de los jefes de Estado de todo el mundo. Pero resulta dudoso que pongan en práctica los preceptos que dejó en herencia el político sudafricano.
Lo que distinguía a Mandela de otros opositores al régimen del apartheid no fue su intransigencia frente a un sistema político basado en la desigualdad entre los habitantes del país, ni la duración y la determinación de su compromiso. Lo que situó su trayectoria en otro nivel y, podemos decirlo en retrospectiva, garantizó su éxito fue una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral. Varios datos de su biografía lo atestiguan.
Mandela y sus camaradas combatientes son condenados en 1964 a cadena perpetua, una pena que cumplen en la prisión de Robben Island. En el país se sigue reprimiendo violentamente toda forma de protesta. A mediados de los años setenta, se aprueba una nueva ley que provoca manifestaciones en las calles de Soweto, una ley que obliga a utilizar en la escuela el afrikaans, la lengua de los que mandan. Las manifestaciones se reprimen con un baño de sangre, hay centenares de muertos, miles de heridos, decenas de miles de condenados.
Desde su prisión, Mandela envía un mensaje de solidaridad con la
Con esos gestos pretende reconocer, no la humanidad de las víctimas, que nunca se ha puesto en duda, sino la del enemigo, al que trata de comprender y ver como el enemigo se ve a sí mismo. Mandela descubre que las actitudes arrogantes de los guardianes y sus jefes, más que de su sentimiento de superioridad, proceden del miedo a perder sus privilegios y a sufrir la venganza de los que han vivido oprimidos. Entonces declara: el afrikáner es tan africano como sus prisioneros negros.
El segundo momento decisivo se produce unos 10 años más tarde. Entre tanto, la situación internacional ha cambiado, se aproxima el final de la guerra fría, el peligro comunista ha dejado de ser una amenaza creíble y Sudáfrica se ha granjeado el oprobio de los países occidentales. Los gobernantes sudafricanos han comprendido que la evolución del régimen es inevitable y que necesitan a un interlocutor que represente a la población negra. Los presos han sido trasladados a otra cárcel, en tierra firme. En 1988, después de un tratamiento médico por tuberculosis, separan a Mandela de los demás y vuelven a trasladarlo.
Sus camaradas protestan porque creen que se trata de una medida intimidatoria. Mandela, no solo acepta su nueva situación, sino que se alegra de ella, porque le permite actuar de forma individual, sin sufrir la presión de los demás. Ha descubierto que el individuo aislado siempre es menos radical que el grupo, porque no necesita estar pendiente de las miradas de los otros ni se ve obligado a entregarse a una especie de competición, y, al mismo tiempo, ha comprendido que, en la batalla que se avecina, las relaciones personales van a contar. No se distancia de su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), pero se libera de su vigilancia.
A principios de 1989, el primer ministro sudafricano Pieter Botha, partidario estricto del apartheid, sufre un derrame cerebral y siente que sus días están contados. Ya ha estado en contacto con Mandela por escrito: en 1985 le propuso la libertad a cambio de que el ANC renunciara a la violencia, pero Mandela lo rechazó, porque no excluye la violencia por principio, como Gandhi, igual que tampoco la sacraliza. Renuncia a ella cuando piensa que va a poder conseguir lo mismo con otros medios.
La virtud moral del líder sudafricano no admite el abismo entre las palabras y los hechos de Estados Unidos
En julio de 1989, Botha invita a Mandela a tomar el té en su casa. Su visitante contará más tarde que lo que más le impresiona no son las palabras intercambiadas sino dos gestos minúsculos. Botha le tiende la mano nada más verle, y luego es él mismo quien sirve el té. Mandela descubre que no tiene ante sí a la encarnación del apartheid, sino a una persona. El trabajo en colaboración y la conversación son actos políticos. Y Mandela decide no imponerse por la fuerza, sino buscar una situación que sea aceptable para las dos partes. Resume su postura en dos puntos complementarios: otorgar los mismos derechos a todos (es decir, abolir el apartheid) y no castigar de forma colectiva a la minoría blanca.
Merece la pena recordar un último episodio: en octubre de 1992, un grupo de antiguos presos del ANC, sospechosos de haber colaborado con el poder blanco, denuncian las condiciones en las que están detenidos por sus camaradas. Mandela corta de raíz las negativas con las que pretenden excusarse los responsables y declara: “Durante la mayor parte de los años ochenta, la tortura, los malos tratos y las humillaciones fueron moneda corriente en los campos del ANC”. Ha comprendido que una causa noble no legitima unos métodos innobles, que la guerra tiene su propia lógica que empuja a golpear por golpear y que desemboca en que los combatientes acaben pareciéndose. Esa conclusión es la que hace que, después de su triunfo electoral, Mandela fomente la vía de la justicia restaurativa en detrimento de la justicia punitiva.
En el bello discurso que pronunció en el funeral de Mandela, Barack Obama dijo que todo hombre de Estado debía hacerse esta pregunta: “¿He aplicado bien sus enseñanzas a mi propia vida?”. Obama destacó que la lucha contra el racismo ha proporcionado algunas victorias también en Estados Unidos, pero que la guerra contra la pobreza y las desigualdades y en favor de la justicia social se encuentra todavía con sólidos obstáculos. Sin embargo, Obama no dijo ni una palabra de los combates que su país sigue librando con las armas y que también evocan los comienzos de Mandela.
¿Pueden afirmar que se inspiran en su ejemplo y su negativa a excluir al enemigo de una humanidad común cuando los sucesivos Gobiernos estadounidenses deciden encerrar a sus enemigos, reales o supuestos, en campos de prisioneros como el de Guantánamo, enviar aviones no tripulados a países remotos para atacar tanto a sospechosos y culpables como a las personas que, por casualidad, se encuentran a su alrededor, vigilar mediante escuchas a la población de su propio país y a los responsables políticos y económicos de los países aliados? La virtud moral de Mandela no permite la existencia de un abismo semejante entre las palabras y los hechos.
Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa.s víctimas. Al mismo tiempo, en las escasas horas libres que le deja el régimen penitenciario de trabajos forzados, se consagra a una actividad sorprendente: empieza a aprender afrikaans y lee libros sobre la historia y la cultura de la población blanca que habla esa lengua. Además, empieza a comportarse con sus guardianes de una manera que contrasta con el de otros presos y, en lugar de manifestarles su hostilidad y encerrarse en el rechazo a cualquier contacto con esos representantes del odiado régimen, intenta comunicarse con ellos.

ABC

Rosa Montero
Nunca pensé que me tocaría volver a discutir este tema desde tan abajo. Creí que ese nivel básico de debate estaba superado, que era una obviedad, un logro civil comúnmente aceptado. Ese fue mi primer error: todo avance colectivo puede verse amenazado por un impulso reaccionario; no se debe bajar jamás la guardia.
Así que heme aquí volviendo a teclear, 30 años después, el mismo abecedario elemental sobre el aborto. Y así, repetiré que nadie está a favor del aborto: es siempre un horror, una pena, un trauma. Y, desde luego, no es un método anticonceptivo; de hecho, debemos fomentar por todos los medios el acceso a los anticonceptivos para minimizar los embarazos no deseados (por cierto: a veces quienes más protestan contra el aborto son también los más reticentes a la contracepción). De lo que estamos a favor es de una ley justa que permita el acceso igualitario a una intervención que, además de penosa, puede ser peligrosa. Es evidente que hay grandes desigualdades sociales y culturales; hay personas desprotegidas que no conocen bien los métodos anticonceptivos o no tienen acceso a ellos: por dinero, por prejuicio social, por imposición familiar. Y ni siquiera usando un método adecuado se está a salvo de un fallo: el condón, por ejemplo, solo tiene un 98% de efectividad. Por no hablar de la crueldad de no contemplar la malformación del feto como causa suficiente. Como dice Mónica Arango, del Centro de Derechos Reproductivos, desde 1994 más de 30 países del mundo han liberalizado sus leyes de aborto. El retrógrado proyecto de Gallardón (contestado incluso desde el PP) nos descolgaría del entorno europeo y nos dejaría al nivel de la ultracatólica Polonia y de Malta. Con esta ley se seguirá abortando igual, solo que las ricas lo harán con garantías y en el extranjero y las pobres en una carnicera mesa de cocina. Ya hemos vivido eso.
Rosa Montero. El País, 14 de enero de 2014.